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Julio7

Llegamos a Bali por la noche, con el tiempo justo de dormir en un hotel cercano al puerto y zarpar a la mañana siguiente rumbo a Gili Trawangan.

Las islas Gili (Gili Meno, Gili Air y Gili Trawangan) están situadas entre Bali y Lombok. Son exactamente lo que te imaginas cuando piensas en una playa paradisíaca:

De hecho, en Gili Trawangan no hay coches, porque no hay carreteras. Para desplazarse uno tiene la opción de alquilar un carro tirado por un caballo o una bicicleta (un día alquilamos un tándem!), o lo más sencillo: caminar.

Nuestra escuela de buceo estaba cerca del lugar donde atracamos, así que fuimos caminando.
Es un lugar muy agradable, con unas pocas habitaciones y piscina para entrenar, donde podías desayunar con vistas

Allí comenzó nuestra nueva pasión: el buceo. De mano de Emilie, una francesa-catalana-argentina-australiana afincada ahora en Indonesia, con un español de acento indescriptible y la mejor profesora que podíamos haber encontrado.

Así que tras horas de teoría, prácticas en piscina, más teoría y más prácticas, llegó el momento:

Tras superar un pequeño problema inicial de compensación (adaptar los oídos a la presión) todo fue como la seda, y los aproximadamente 45 minutos de inmersión se pasaron volando. Jorge sin embargo no tuvo ningún problema, parece que había nacido para esto!

Esta fue la parte del viaje que sin duda, más disfrutamos. ¡Estamos deseando repetir! Pero tras cuatro días disfrutando bajo el agua, y con nuestro título de Open Water Diver bajo el brazo, volvimos a zarpar rumbo a Bali, para descubrir que, muy a nuestro pesar, no tenía nada que ver con las paradisíacas Gili Islands.

La zona que elegimos, tras darle miles de vueltas, fue Kuta. Gran error. Se trata de una zona llena de gente, McDonalds, coches, más gente, motos, KFCs, más motos… En fin, nada que ver con lo que nos imaginábamos, con una playa abarrotada, un timador en cada esquina, y calles estrechas por las que apenas se podía caminar.

En fin, como Bali es mucho más que playas, decidimos buscar alguien que nos guiase para visitar los rincones más pintorescos. Es increible como, después de tres años viviendo en India y considerándote un regateador aceptable, compruebes que no sirve de nada con los balineses. Nunca me he sentido más dolar con patas que aquí. De nuevo nada que ver con Gili.

Así que, habiendo conseguido finalmente un coche para los próximos días, pudimos visitar alguno de los templos más importantes de la isla, como el Templo Taman Ayun, el cual está rodeado de jardines y por un foso que lo rodea por completo.

También llegamos hasta el Templo Ulun Danu Batur, situado a orillas del lago Bratan, formado en el cráter del antiguo volcán Mount Catur, que se encuentra a unos 1.200 metros de altitud. El camino para llegar hasta ahí es espectacular, con el volcán como imagen de fondo, y con un clima fresquito que disfruté como una cría!

Y como no, visita obligada al Templo Tanah Lot y sus famosísimas puestas de sol

Bonito, eh? Lo que nadie cuenta en las guías de turismo es que para conseguir una foto parecida has de ponerte de puntillas. Esto es lo que en realidad se ve cuando estás ahí:

Claro, no vas a ser el único al que llevan a ver la puesta de sol. Ni la estación de Dadar en hora punta, oiga! Sin embargo, merece la pena soportar las hordas de gente para disfrutar de las increíbles vistas desde el acantilado.

Y lo mejor, después de un día de coche, era disfrutar nosotros solos de la piscinita del hotel. Y digo piscinita porque podías sentarte apoyando los pies en un extremo de la piscina y la espalda en el otro!

En realidad, y a pesar de todas mis quejas, Bali nos ofreció más cosas buenas que malas, como todos los paisajes que habéis visto, o como el chicken satay, los garitos donde fumar sheesha, hamburguesas de ternera, y la increible fauna humana que a mi particularmente me encanta observar y a Jorge escucharme describirla!

Aquellos que tengáis tiempo de sobra y no sabéis en qué emplearlo, podéis ver las fotos del viaje aquí. Al resto, ¡hasta la próxima!